Los “Mitos” de la Vida en el Country

No son todas rubias platinadas ni andan en la última edición de la 4×4. Los que viven en countries y barrios cerrados saben  que tienen mala prensa.

La vida entre murallas tiene sus pros y contras, sus fieles seguidores y acérrimos detractores. Pero sin meternos en el debate sociológico de sus causas y consecuencias, trataremos de interpretar  los mitos más populares que cargan sobre las espaldas de los que eligen vivir de esta manera. En mi caso personal, una década viviendo en estos pagos, avala mi conocimiento de causa para descomponer supuestos compartidos.

  • Todas las mujeres son amantes del jardín. Las hay, es cierto, mujeres dedo verde que hacen de su casa un templo de la naturaleza. Coleccionan accesorios de jardinería que cualquier otra persona ni sabe que existen, libran una batalla cuerpo a cuerpo contra todas las especies de hormigas y,  tienen pesadillas con los yuyos y malezas salvajes. Además arman su propio compost, tienen su huerta y cosechan zanahorias. Pero no todas nacen con esa iluminación. También están las otras, las que se acuerdan que tienen un jardín cuando salen a la galería a comer un asado, cuyas plantas crecen y mueren según los  avatares de la naturaleza. Estas mujeres no tienen ni manguera en su casa, para darse una idea.  En síntesis,  la pasión por el jardín no es una condición sine qua non.

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  • Los padres llegan de trabajar y juegan con sus hijos en el jardín. La idílica imagen publicitaria del perro labrador entre padres e hijos en el parque de la casa, es una escena familiar de sábado y domingo. Los días de semana, salvo excepciones, los maridos viajan a la ciudad para trabajar y el tiempo que tienen para saltar por los verdes prados es ínfimo. Para los padres y madres que trabajan en la urbe, el entorno verde es más bien un oasis que los espera a su regreso. Con el alivio extra de poder dejar los hijos durante la extensa jornada laboral en un espacio abierto y protegido. La vida del barrio es como una plaza infantil en  estado continuo. Ahora sí. Con la llegada de la primavera y los días más largos, sí podemos darnos el lujo de andar en bicicleta con la familia o pasear al “labrador”.
  • Los hijos usan menos tecnología.  En parte es real. Aunque es un corolario muy estacional.  El invierno nos tiene encerrados a todos por igual, y no hay verde que le gane al enchufe. Con los primeros calores, las puertas de la casa se abren,  los chicos llegan del colegio, se refrescan en la pileta y copan las calles. Pero tampoco es la panacea. No hay pileta que le gane a Netflix con AA cuando tocan los 33 grados. Y el brillo enceguecedor de la tecnología es generacional, más allá de los metros de verde. Pero sí, no es lo mismo tirarse a la pileta que tirarse en el sofá.
  •  Los hijos andan sueltos sin control. Las calles cerradas otorgan una seguridad que la ciudad claramente no tiene. Los vehículos van sorteando bicicletas, patines y niños a la vera del camino ofreciendo jugo y pulseritas artesanales.  Las calles están tomadas por las pelotas y las paletas. Y el rango etario es interesante. Confieso que mi hijo en pañales solía escaparse a la casa del vecino en su pata a pata. Las madres suelen descansar en esta garantía, y los chicos se manejan con esa pseudo autonomía de ser los dueños de la calle. Paradójicamente, a medida que crecen y su vida comienza a transcurrir fuera de los barrios, lo que se pierde es  justamente la independencia. La libertad de la infancia se ve diezmada radicalmente. El  niño de 3 años se maneja sin restricciones por las calles de su barrio, mientras que el de 15 años necesita a su mamá para ir a hacer una fotocopia. Sí, es cierto, los niños pululan sin mucha supervisión adulta.
  • Los adolescentes se manejan con impunidad dentro de los muros. Consecuencia del punto anterior. Las calles y espacios comunes de los barrios cerrados son el  patio de juego de todos estos niños criados intramuros. Con la contracara de que muchas veces, esa familiaridad  con lo inmediato y cotidiano de su entorno, puede volverlos menos temerosos frente a los reglamentos de convivencia generales. Las consecuencias más dramáticas son acciones  (ie: vandalismo callejero, consumo de sustancias ilícitas) que en cualquier otro punto exterior no podrían cometer con esa impunidad legal. Nuevamente se pone en juego la doble faz de la protección.  Entre el amparo y el desamparo de los muros.

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  • El barrio cerrado es un germen de amoríos. El clásico mito de la señora encerrada en su casa que termina vinculándose con el movimiento interno que circula por el barrio. Llámese oficios varios: entrenador personal, profesor de tenis, jardinero…, todos potenciales blancos de esta fauna de amas de casa desesperadas por la quietud. La vecindad vista como una amenaza a la fidelidad matrimonial es un supuesto popular más cinematográfico que real.

Lo que sí es cierto es que estas madres están forzosamente más atadas a las demandas familiares que las mujeres en la ciudad, cuyos hijos adquieren autonomía a más temprana edad. En cambio, por estos pagos, el 100 x 100 de los movimientos de los hijos menores de edad depende de los padres.  A lo que se le suma el resto de las tareas domésticas (supermercado, verdulería, etc.) que también recae irremediablemente sobre el volante materno. Disculpen, pero no hay tiempo para el jardinero.  A menos que nos haga las compras, nos compre el planisferio  y traiga a los chicos del colegio.

Aún con todos estos mitos a cuestas,  el desafío interesante de vivir de esta manera es lograr la saludable combinación entre el cosmopolitismo y riqueza sociocultural  de la ciudad y la serenidad y el descanso que ofrece la vida en un barrio cerrado. La clave del éxito es nunca dejar que los muros encierren nuestra mente, nuestros intereses personales y nuestra sensibilidad social.  La crianza de los hijos también presenta un desafío. Vivir y educar a nuestros hijos para desenvolverse con autonomía y elasticidad en un mundo heterogéneo y forjar desde chicos un espíritu inclusivo y abierto a lo diferente, es el principal reto que tenemos como padres.

Por Constanza Manrique

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