Los 25 son los nuevos 18: “Jóvenes que no quieren ser adultos”

Ya crecieron los hijos de los padres “helicópteros”,  que estaban encima de sus retoños para amortiguar  todo golpe. Hoy son jóvenes que esperan que sus padres  o el Estado les resuelvan la vida.  El temor a no cumplir con las responsabilidades y las expectativas de la adultez, sumado a un exceso de egoísmo y comodidad, explican este fenómeno.

Con este enganchador título la revista Scientific American publicó hace poco un artículo donde advertía sobre una realidad que preocupa cada vez más a los especialistas: la gran cantidad de jóvenes que no están desarrollando las herramientas necesarias para convertirse en adultos responsables de sí mismos y capaces de ser un aporte para la sociedad.

Pueden tener 25, cosa que legalmente los rotula como adultos, pero se comportan como si recién estuvieran saliendo del colegio, un poco asustados del futuro y asumiendo a medias las responsabilidades que implica el acercarse a la vida adulta.

La alarma la encendió un estudio publicado en septiembre  por la revista médica Child Development, donde la psicóloga Jean M. Twenge, académica de la Universidad Estatal de San Diego, y Heejung Park, psicóloga de Bryn Mawr College, analizan la frecuencia con la que los adolescentes asumen conductas propias del mundo adulto, proceso paulatino indispensable para llegar a la madurez.

En términos generales, observan Twenge y Park, hoy los llamados  “adolescentes tardíos” (18 a 21 años)  se parecen más a lo que en su momento eran los adolescentes intermedios” (15 a 17), y estos a su vez  se asemejan más a lo que antes eran los adolescente tempranos”, (11 a 14). Este cambio, advierten “ha sido tan fundamental que algunos han sugerido que los adultos jóvenes sean ahora conocidos con la  nueva etiqueta de “adultos emergentes”, para destacar su autoexploración y su transición demorada hacia la adultez”.

Nicolás Labbé, psicólogo con magister en P sicología infanto juvenil, académico de la Universidad de los Andes y miembro del Instituto chileno de trastornos de la personalidad, describe un escenario en el que los hijos se quedan hasta bordear los 30 años en las casas de sus padres, sin asumir  responsabilidades propias; papas que les recuerdan a sus hijos las fechas de pruebas o de entrega de tareas escolares; hijos que conciben sus hogares como una suerte de hoteles de los que creen que pueden salir y entrar a su antojo, sin cooperar en las tareas domésticas; jóvenes con buenos títulos profesionales  que se dedican a juntar dinero a través de trabajos menores para poder viajar, postergando así el comienzo de una vida laboral en serio.

people-2570577_1280Estos nuevos “adultos emergentes” privilegian el placer por sobre el ahorro, los deseos personales por sobre las responsabilidades y el presente por sobre el futuro.

Inseguridad de base

Lo que estamos viendo es una generación que está mostrando dificultades en su consolidación de identidad. Se espera que la identidad adulta, donde tienes más estabilidad en tus decisiones y un rol vocacional estable en el tiempo, se instale no más allá de los 20 a 24 años, pero hoy se está atrasando, observa, Nicolás Labbe.

Esta es una realidad que se ha ido gestando de a poco, pero en forma constante, con una evidente aceleración a partir del siglo XXI. A esta conclusión llegaron las psicólogas Twenge y Park luego de recopilar siete estudios de gran escala, realizados en Estados Unidos entre 1976 y 2016, que abarcan un universo de más de 8 millones de adolescentes entre 13 y 19 años. Observaron que a lo largo de las últimas cuatro décadas ha habido un declive sostenido en la cantidad de veces en las que los jóvenes  se involucran en actividades especificas, que escogieron como indicadores de avance hacia la adultez. Entre ellas, tener citas románticas, salir sin sus padres y trabajar a cambio de una paga.

Hay quienes creen que muchos adolescentes están haciendo menos estas cosas , porque están demasiado ocupados entre tareas y actividades extra programáticas. El fenómeno de los padres que copan la agenda de sus hijos es, sin duda, creciente. Pero, según las investigadoras, no alcanza a explicar lo que se ha descrito como adolescencia extendida”: las tablas que incluyen en su estudio muestran que los estudiantes de secundaria de esta década pasan menos tiempo haciendo tareas del que le dedicaban los de esa edad en los 90.

Tampoco se puede echar toda la culpa al teléfono inteligente, por más horas que los jóvenes pasen conectados. La declinación en actividades adultas comenzó mucho antes que la red se masificara, de modo, que no se puede decir que sea una causa única, aunque claramente juega un rol apuntan Twenge y Park.

Lo que si ha hecho el teléfono es crear una falsa sensación de inmediatez, algo que hace difícil el camino hacia una mirada más adulta de la vida. El exceso de información invita a pensar que podemos hacer todo cuando y cómo queramos, lo que es imposible. Las generaciones actuales son menos tolerantes a la frustración, tienen la sensación de que las cosas simplemente les corresponden. Tienen dificultad para aceptar críticas y todo lo que no sea inmediato. Esperan todo y pronto, lo que no es real. Están acostumbrados a sentir que lo que quieren está a un click de distancia, pero no pude tener un buen trabajo solo con un click,  acota Labbé.

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Los especialistas coinciden en que se trata de la generación más preparada, desde el punto de vista de la educación. Labbe rescata su flexibilidad y creatividad, cualidades que escasean entre los mayores. Estos jóvenes, dice, saben cual es su potencial, pero están tan enfocados hacia un éxito supuestamente fácil, que tiene miedo a “no hacerlo tan bien”. Y cuando hay un baja tolerancia al error y a la frustración, este temor se convierte en una excusa, más o menos consciente, para evadir responsabilidades.

Los padres helicóptero, que se caracterizan por su sobreprotección, crearon en sus hijos una falsa coraza de seguridad. Mientras sus hijos, todo les salía bien. Pero de fondo se crea así una gran inseguridad, un miedo a entrar ahí adonde ya no nos van a cuidar,  señala el psicólogo.

Paralelamente, las redes sociales van creando nuevas realidades. Las relaciones virtuales hoy tienen valor por sí mismas y se convierten en un espacio “seguro”, del que es fácil entrar y salir. Los lazos se hacen más superficiales e incluso pueden reemplazar el necesario contacto físico entre adolescentes, que va preparando el camino hacia una vida sexual adulta normal y es otra de las variables analizadas por el estudio de Twenge y Park.

Daniel Halpern, experto en redes sociales, académico de la Universidad Católica  e investigador  del think tank Tren digital, ha observado este fenómeno: “La gente de más edad ve al mundo on line como un medio para algo, por ejemplo, vender un producto. Pero me toca hablar mucho con escolares y ellos no lo entienden así- explica. – Usan mucho el sexting, los juegos eróticos en línea, pero cuando les pregunto si después de eso se juntan con quienes han estado coqueteando, responden que no necesariamente, con frases como “busco estimularme, no quiero más,  o “así es más entretenido”. Es una actividad evitativa : no saben si en la vida real van a estar incomodos  o sentirse torpes. En estas relaciones virtuales, no te rechazan y es poco probable que te vaya mal.

Creciendo lento

Las autoras aclaran que la teoría de la historia vital, en la cual basan su estudio propone que “ni el desarrollo rápido hacia la adultez ni el camino lento son en sí mismos buenos o malos; cada uno responde a si contexto social”. En esta línea, si bien no encontraron diferencias significativas por género, región o raza, sí las hallaron al analizar el estrato social de los más jóvenes. Los entornos con más recursos  económicos “permiten un cultivo más extendido del individuo”, lo que se traduce en una adultez más lenta, mientras que en situaciones de más pobreza la obligación de trabajar a más temprana edad hace que los adolescentes comiencen a comportarse como adultos de manera más temprana.

Pero la lentitud en asumir la adultez no es neutral. Puede ser buena si implica atrasar la iniciación sexual- diversos estudios demuestran que esto favorece una sexualidad más responsable- o postergar el consumo del alcohol. Pero deponer el avance en la toma de responsabilidades tarde o temprano pasa la cuenta, sino a nivel personal, al menos a nivel social.

Los jóvenes, dice Labbé, piensan que pueden postergar , el sentar cabeza para después de los treinta, lo que es señal de inmadurez en tanto olvidan que los seres humanos somos limitados y no tenemos el control. Pero también es exacerbadamente  individualista.

Si yo retraso mi adultez tal vez a mi no me pase nada, pero esto tiene un costo social,  porque no se genera un sentido comunitario. Son jóvenes que solo reciben los beneficios de la sociedad, todo se trata de ellos acota Labbé, mientras recuerda la gran cantidad de estudios que muestran como, en los últimos años, las investigaciones con escalas que miden el narcisismo, la grandiosidad y el egoísmo muestran un aumento generalizado que ha llevado a los especialistas a hablar de la generación ME (generación del yo).

A estos jóvenes les cuesta, por ejemplo, asumir que a veces hay que trabajar en cualquier cosa para generar un ingreso y ser independientes. Siguen viviendo de sus padres, los que terminan haciéndose cargos de sus costos. Y si no juntan plata para su jubilación, al final será el Estado el que asuma los costos en su vejez, -concluye.

por Sofia Beuchat  (El Mercurio)

 

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