“La ridícula idea de no volver a verte” (Columna)

Por Paloma Suárez Echeverría  (periodista, Valorar Magazine )

Me gustaría traer a la mesa un tema poco tratado y a la vez muy palpable en estas semanas: la muerte. La veo cada vez que prendo la tele, en las redes sociales, cuando leo el diario o cuando hablo con mis compañeros de cuarentena. Siempre está. Siempre estuvo.

En tiempos de pandemia este hito tan humano se me hizo muy presente muchas veces en mi mente. Más de las que yo quisiera y  me crucé con un libro en la biblioteca de mi casa.  Este libro tenía un título que me llamó mucho la atención: “La ridícula idea de no volver a verte”. A simple vista me pareció un típico libro de amor, esos de lectura ligera que no suelo frecuentar pero que me iba a hacer bien para distraerme.

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Para mi sorpresa, me encontré con mucho más que eso. Rosa Montero, escritora  y periodista española, cuenta la vida de la única mujer que ha ganado dos premios Nobel, Marie Curie,  con una perspectiva totalmente nueva, más humana.

A través de su biografía logra que el lector reflexione y profundice sobre temas como la lucha de la mujer en una sociedad machista, el trabajo arduo y perseverante, el amor verdadero, pero sobre todo el texto trata la pérdida de un amor, habla sobre cómo es el ser humano frente al duelo. Plantea ese dolor que todos experimentamos o sufriremos en algún momento de la vida al lidiar con la muerte de un ser querido.

Hace un par de años, la escritora cuenta que le enviaron de casualidad el diario íntimo que la científica escribió tras la muerte de su marido, Pierre Curie también ganador del Premio Nobel de Química por descubrir junto a Marie el radio y el polonio. Allí la científica relata cómo  un accidente callejero la convirtió en viuda tan solo a los 38 años de edad.

Rosa Montero quedó tan impresionada por aquellas líneas tan sentidas y llenas de tristeza que tuvo la  necesidad de plasmar el duelo de una de las mentes más brillantes de todos los tiempos.  En el libro creo que tuvo el valor de mostrar a través de Marie Curie que no importa quien seas, todos sufrimos la agonía de una pérdida de maneras bastante parecidas.

Este tema tan humano y tan poco hablado me hizo acordar de todo lo que está pasando en tiempos de Covid-19. En el escrito de Montero  se repite constantemente la necesidad de hacer algo con la muerte, es decir, con los muertos y con los que se quedan. Hubo muchos casos de víctimas de la pandemia que no pudieron dar su último “adiós” a sus seres queridos y a la vez éstos no pudieron ver por última vez a su enfermo para despedirse.

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Traté de ponerme en la piel de esas personas que han tenido que lidiar con la muerte de alguien cercano en tiempos de pandemia y creo que ellos se merecen un reconocimiento, igual de auténtico y sentido que el personal médico que lucha contra este enemigo “invisible”. La diferencia es que los que han perdido seres queridos han tenido que lidiar con la muerte de una forma confusa, psicológicamente dañina y  forzada.

Todos estamos acostumbrados o mejor dicho, damos por sentado, de que va a haber un ritual, un entierro, algo en que podamos procesar en el cerebro que esa persona ya no está. A ellos se les ha impuesto la orden que deben hacerse la idea de que nunca más verán a aquella persona  para darle un último adiós.

A fines de marzo,  El diario “El Mundo de España” publicó una nota contando  que el Comité de Bioética de España reclamaba que por lo menos un familiar acompañara “las últimas horas” de un enfermo de coronavirus, con el fin de garantizar la mayor calidad asistencial en la última fase de la vida. El escrito resalta que esto es  parte de la dignidad humana y  que no hacerlo puede generar un trastorno para el enfermo y para la familia al morir en soledad.

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En el libro Montero rescata que hemos dejado de lado el simbolismo de los rituales:“Manejar la muerte nunca ha sido fácil, pero se dirá que ahora lo estamos haciendo aún más complicado. Escondemos los cadáveres, la gente agoniza en la frialdad de los hospitales, hemos abandonado los ritos. Sin embargo, a veces algo tan tradicional como un velatorio, por ejemplo, puede proporcionar alivio”. Es un derecho enterrar a sus muertos y no se está respetando”.

Además a escritora tiene la hipótesis de que Marie escribe estas cartas a “su muerto” porque no pudo decirle adiós (ya que su muerte fue repentina e inesperada). Es una forma de desahogo psicológico para “recuperarse” de la pérdida.Darse una dosis de alivio y esperanza de que se volverá a disfrutar de la vida.

Gracias a Dios, en medio de este caos en donde las prioridades son los contagiados, los recuperados, el número de muertos (sí, el número, no QUIENES),  existe gente que se avivó rápidamente de este problema. En Italia, a principios de marzo, unos miembros del Partido Demócrata de Milán donaron tablets al Hospital San Carlos para que los enfermos terminales de Covid-19 pudieran despedirse de alguna forma de sus familiares. En la entrevista que les realizaron a los afiliados del partido cuentan que la idea surgió a partir de que los médicos les expresaban el dolor que sentían los pacientes al no poder ver por última vez a sus seres queridos. Este proyecto lo nombraron como “el derecho a decir adiós” y hace  hincapié que el no poder decir adiós,  dolía más que la muerte misma.

Si hay que hacer algo con la muerte. Hay que hacer algo con los muertos. Hay que ponerles flores. Y hablarles. Y decir que le amas y siempre les has amado. Mejor decirlo en vivo, pero, si no, puedes decírselo después”,  redactó la periodista en las páginas de este libro comparando tal cual como lo hizo la científica.

Cuando leía estas líneas yo solo pensaba, Gracias a Dios que todavía existe gente que en medio del caos y el dolor,  se sigue ocupando del detalle.

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