El valor de nuestro pasado (Editorial)

Por Mario Accorsi  (Profesor de Historia)

El 25 de mayo es importante porque es la primera vez que los criollos, hijos de españoles nacidos en América, buscaron la autonomía de España y proyectaron una Nación. ¿Quiénes fueron entonces los que hicieron la Revolución?

Algunos de ellos fueron hombres convencidos de la necesidad de comenzar un camino de cierta autonomía con la Metrópoli. Otros, la vieron como una oportunidad para hacer buenos negocios o conservar los que ya tenían. Algunos, despechados por ciertas medidas militares impopulares tomadas por el virrey Cisneros, vieron la oportunidad de recuperar lo perdido. Los muchos, fueron actores pasivos de una película que los superaba y de la que no querían formar parte.

La Revolución fue eso: una suma de aspiraciones personales y colectivas, de esperanzas, rencores, egoísmos y gloria. Se mezclaron la búsqueda de aplausos y honores. Se mezcló la riqueza con el sacrificio. Pero de todos, por un designio casi divino, los que pensaron la revolución lo hicieron para sus contemporáneos y para las generaciones futuras, en una entrega que hoy casi no podemos comprender.

¿Por qué no podemos comprender? He pensado bastante en esto. Creo que la mayoría no puede comprender profundamente el valor del pasado porque creen no haber recibido nada de él. Es lógico creer que no hemos recibido nada del pasado cuando este fue tan pero tan diferente al presente. Un medieval podía entender lo que había recibido del Imperio Romano porque la vida urbana y rural era muy parecida, porque vivía igual al romano, pero nuestra vida comparada con la vida del siglo XIX es radicalmente distinta.

Pensando en esto muchos intelectuales han predicado el fin de la historia, ¡hasta hay un best seller llamado así! y yo pienso, ¿estaremos en el fin de la historia?

En los últimos años los intelectuales hacen empezar la historia en hechos que están cada vez más cerca de nosotros: el fin de la Segunda Guerra Mundial, el atentado a las torres gemelas. Son hechos, muchas veces tomados como mitos de origen. Nada real sucedió antes de ellos. Entonces nuestra historia es la Historia con mayúscula, pues la hemos vivido, y el pasado pasa a ser Mi pasado: fuera de mis vivencias no hay realidad, solo ficción que entretiene a los ratones de biblioteca.

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El problema de una visión tan individualista es que se hace cada vez más difícil convivir y trabajar por el bien común y lo peor es que el pasado y la religión ya no enseñan pues son parte de la ficción. No tenemos tradición, o sea un pasado vivido, no tenemos religión. ¿Qué hacemos?

Debemos volver al pasado y un día como hoy preguntarnos: ¿qué querían entonces los patriotas de mayo que pueda ser vivido por mi? Querían que la tierra de sus padres no se pierda en la impericia y la corrupción de quiénes gobernaban. Querían que el sueño de una gran nación, rica y poderosa no se viese empañado por los egoísmos y los celos. En fin: querían una Patria y querían que la gobiernen personas honorables y de bien, que lo hiciesen con entrega y sacrificio. Despreciaban, como decía Manuel Belgrano, aquellos que vivían una vida “comprando a dos para vender a cuatro”, aquellos que vivían solo para enriquecerse a costa del pueblo. Querían héroes que entreguen su vida por el bien común.

¡Qué difícil se le hace a nuestra mente entender tales aspiraciones!

Hoy estamos cegados por el consumo desenfrenado y la acumulación egoísta, que recibe aplausos cuando muestra pero que nadie recuerda cuando muere. La vida de estas personas es fugaz y nada agregan a la Patria, que los sufre en silencio esperando paciente el momento de perderlos.

Nuestros próceres nos marcaron un camino sacrificado pero glorioso, prendieron un fuego abrazador que con el tiempo pocos fueron los que lo conservaron y muchos los que lo dejaron consumir. Ese fuego esta extinguiéndose y los patriotas de antaño piden a gritos que no suceda. Por respeto a ellos y a su sangre derramada volvamos a pensar en nuestra Patria más allá de los mitos de origen y que la tradición vuelva a ser la savia que vivifique nuestras vidas.

¡Viva la Patria!

 

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