Diciembre, regalame un bis (Editorial)

Por Constanza Manrique

 

Nos pasamos el año esperando terminarlo. Pero, ¿para qué?

Ahh, para por fin dejar de hacer los pools del colegio. ¡Pero si ahora tengo que llevarlos a rendir en horarios insólitos! Ahh no, para por fin terminar con las actividades extra escolares. ¡Pero si igual tengo que llevarlos a un sinnúmero de actos de cierre, picnics, despedidas, desfiles, concerts, entrega de premios y variantes! Ahhh ya sé, para por fin disfrutar de la pileta que mantuvimos limpia a pulmón todo el invierno. ¡Pero si ni siquiera tengo tiempo para depilarmeee!

Diciembre tiene 20 días, como mucho. Después del 20, ya es enero. Y todo pasa en diciembre. Mi agenda es un mamarracho de eventos, de esos de los que no podés zafar ni en sueños, porque los primeros defraudados son los hijos. Eso sí, no pretendan puntualidad.  Ya se los avisé. A todos lados llego tarde, con un rodete ensayado antes de bajarme del auto para controlar el desquicio de mi vida que se expresa hasta en el pelo. El clima no ayuda en esta maratón encima.  Llego y me acomodo en alguna silla libre al borde de la taquicardia y busco con expresión acelerada la mirada recriminadora de mi hijo. Al menos fui, es mi frase de cabecera en diciembre.

El tema es que no sólo tengo que llegar al picnic, sino también acordarme de los chizitos.  No es solamente llegar al acto, sino conseguir de antemano todos los ítems del disfraz. O sea, cada evento de mi lista exige de mí mucho más que mi mera presencia.

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Como si fuera poco, los actos, ¡todos!, cualquiera sea su especie, son un reto a los sentidos. Nos atrincheramos por horas en pequeñas butacas,  y desde allí presenciamos la varieté en su estado puro: pulpos y abejitas van rotando entre sexys coreografías adolescentes, todo sucede en el mismo escenario y a la misma hora. Tres horas seguidas de las cuales realmente nos interesan… ¿5 minutos serán? exclusivos de nuestra prole. Y estoy siendo generosa con mi interés incluso. Salimos de allí, enceguecidos y confusos, con un vago recuerdo de nuestro propio nombre.

Si a todo esto le sumamos los regalos de Papa Noel, entonces llega un día en el que soñamos con sentar a nuestros hijos y contarles toda la verdad. ¡Basta de farsas! Pero no, no lo vamos a hacer, y tampoco vamos a dejar de ir a ver el continuado de pulpos, ni vamos a faltar al picnic. Esto significa ser madre, en diciembre… Casi como una metáfora de la maternidad en sí misma.

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