Débora: “Un amor imposible…”

Nos sumamos a la tristeza por la pérdida de una gran mujer y profesional, Débora Pérez Volpin, compartiéndoles una original, romántica y poética carta  de despedida que escribió el periodista Alejandro Marticorena.

No me conociste. Nunca supiste quién soy. No te conocí. No en persona, al menos. Pero desde que te vi por primera vez en la pantalla de TN, hace muchos años, quise saber cómo te llamabas porque me pareciste sencillamente hermosa. Siempre me pareciste hermosa. Y las mujeres hermosas -para los románticos empedernidos como yo- imperiosamente deben tener un nombre. Eso las vuelve más reales, más próximas. Quizás -quién sabe- más posibles. Como si eso nos ayudara a tener alguna ingenua esperanza.

Eras una de esas mujeres que -a los románticos empedernidos como yo- nos hacen pensar que de haberte conocido personalmente, de haber trabajado juntos, nos hubiéramos enamorado. Aún cuando el “nos” -y por esas trampas de la sintaxis en la frase- no se refiera a un “vos y yo”, sino en realidad… a “los románticos empedernidos como yo”.
Sí, seguramente hubieras sido uno de mis tantos amores imposibles.
De hecho, si estoy escribiendo esto es porque de algún modo lo fuiste. Lo cierto es que tu muerte, tu absurda e injusta muerte, me pegó duro. Mucho más de lo que hubiera creído. A ver: no fuiste mi “ídola” ni te seguía en tus apariciones en la tele: no me banco TN ni lo que representa. Pero ésa es otra discusión. Y tampoco hubiera votado por vos, luego de tu pase a la política… sin embargo tu muerte me pegó en algún secreto lugar que trato de comprender. ¿Por qué siento tu desaparición con tanta… familiaridad?
Quizás porque siempre me gustaste como mujer, en lo cual no puedo vanagloriarme de ser original: seguramente siempre encandilaste al 95 por ciento de los hombres heterosexuales de este país.
Pero siento que no sólo es eso.
Quizás, también, porque tenías apenas dos años menos que yo. Éramos de la misma generación. O quizás porque elegimos la misma carrera: el periodismo. Que, además, nos hizo pisar las mismas aulas de los mismos edificios en la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA, aunque (lamentablemente) no nos hayamos conocido. O a lo mejor, quién sabe, porque fuiste ayudante de cátedra de Carlos Campolongo, una de nuestras pesadillas en la Orientación Periodismo de la carrera y cuyas dos materias hubimos de atravesar estoicos cual espartanos en el camino hacia el título (a propósito, ¡¿cómo pudiste?!).
Quizás, también, porque te moriste (o te murieron) en ese sanatorio al que fui tantas veces, y al que me referí hace unas horas en otro posteo. O porque entre 2005 y 2007 me tuve que bancar cuatro video endoscopías digestivas altas, iguales a ésa que te llevó de este mundo, aunque a mí jamás me hayan puesto anestesia…
O a lo mejor porque, igual que yo, tenías en la fotografía una de tus pasiones (según afirmó hoy Infobae).

27857998_10156108742297612_6541186666181908266_n
Estuve viendo las que publicó ese medio. Sacabas hermosas fotos, Débora: elegí un par para subirlas aquí. Tenías una mirada tan linda como tus ojos, dicho esto en doble sentido: fotográfico y piropero.
Hiciste una carrera admirable dentro del periodismo. Formaste una familia, tuviste hijos. Diste un golpe de timón y quisiste dedicarte a la política. Tuviste amigos y compañeros de trabajo que (quedó de manifiesto) te querían, y mucho.
Dicen que sonreías siempre. Que eras optimista hasta la médula. Que eras una buena amiga. Que saludabas con un beso en la mejilla, tomando con una mano la cara del otro. Lo poco o mucho que leí hoy sobre vos me dio la pauta de que fuiste una muy buena persona.
Lástima que no te conocí personalmente, que no trabajamos juntos nunca, que jamás nos cruzamos ni coincidimos.
No sé si te hubieras enamorado de mí; muy probablemente hubieras sido un amor imposible. Pero que hayas muerto me duele porque siento que, ahora, imposible es todo. Y más imposible es para todos los que sí te conocieron y quisieron.
Por eso, si hubo alguna negligencia involucrada en tu muerte absurda, injusta y a destiempo, lo mínimo que quiero es justicia. Que las cosas no queden como si nada hubiera sucedido. Otra vez: en un posteo de hace horas nomás, conté un par de pésimas experiencias que tuve en ese mismo sanatorio.
Que tu muerte sirva de verdad para cambiar algo, en una época que parece tan fértil para cambios.
Y que tu sonrisa hermosa ilumine y dé fuerzas a los que lloran por vos.
Chau, Débora.

Redes sociales: