Chile me duele (Editorial)

Por Claudia Echeverría  ( periodista, Dir. Valorar Magazine)

Ver las imágenes de la iglesias quemándose y gente vitoreando esa destrucción duele, más aún viviendo en el extranjero y mucho más siendo católica. Creo que quienes nos fuimos hace muchos años de Chile, no podemos incorporar la idea que nuestro tradicional y pacífico país, cambió ese fatídico 18 de octubre de 2019.

Lo primero que me sorprendió fue el llamado a “conmemorar” el 18 de octubre, un día en que se destruyeron más de 70  impecables estaciones de subte que eran utilizadas por todo los chilenos, sin diferencia de clase, se saquearon supermercados en las zonas más pobres de la ciudad y se destrozaron varios monumentos históricos llenando de escombros una zona tan simbólica como Plaza Italia, algo así como 9 de julio.

Las imágenes de este domingo mostrando la histórica Iglesia San Francisco de Borja en llamas y una joven celebrando, sacándose una foto con el fuego a su alrededor, me parecieron increíbles. ¿Cómo tanto odio? ¿de dónde surgió? ¿cuándo un sector de los chilenos empezó a odiar tanto? No tengo una explicación razonable…

He ido a Chile por lo menos una vez todos los años,  y si bien noté que había demandas pendientes desde varios sectores, desposeídos y de la clase media, vi ciudades limpias, ordenadas y fructíferas, donde todo el sector público funcionaba. Algo que en Argentina perdimos hace varios años y  a pesar de que existen manifestaciones de descontento, jamás se ha llegado a ese nivel de violencia y destrucción.

Trato de entender si Chile por años y años fue un país “reprimido”, de gente tímida, envidiosa del  éxito de los otros  y “políticamente correctos”. Algo que siempre me decían en Argentina cuano notaban mi acento chileno era:  Qué educados son los chilenos.

¿Qué pasó?…

Algunos dicen fue la infiltración de ideas comunistas en los jóvenes en la educación pública hace varios años, desparramando solapadamente el concepto de la lucha de clases en las aulas.

Otros culpan a la Iglesia Católica, que dejó de ser un referente moral para muchos, al silenciar por años las denuncias de abuso sexual de menores cometidas por sacerdotes reconocidos, las que luego fueron corroboradas por la Justicia y por el mismo Papa Francisco.

Y están lo que creen que  el detonante fue el éxito económico de Chile que nos hizo “perder la cabeza”. La abundancia se transformó en “codicia”. El que tenía más, quería más y más. Y el que tenía menos, lo resintió. Y así comenzamos a ver circular por la ciudad autos de alta gama nunca vistos, mansiones estilo Miami junto con mucha soberbia y supremacía de un sector en el trato a los más desposeídos, haciendo más visible la desigualdad y el resentimiento.

Pero una cosa es el descontento y otra es la violencia insensata. Yo creo que el factor clave que detonó esta violencia fue la irrupción de la redes sociales y el acceso a internet, éste último porque democratizó el relato. Nos permitió decir todo lo que pensábamos de manera pública, pero con un solo detalle: el anonimato. Decir todo lo que se  pensaba escondido detrás de un seudónimo. Y si, el odio existía. Ese fue el instrumento que llevó  a explotar a los mayores usuarios de Internet: los jóvenes.  Todas las  envidias, enojos, represiones sociales y descontentos acumulados por años de este sector, comenzaron tímidamente a salir por las redes sociales, creciendo y finalmente e explotando en las manifestaciones de octubre, donde las acciones de un puñado de jóvenes violentos se incorporó a la agenda pública. Ojo, que no sin la ayuda de otra agenda política de orden internacional, que busca trastornar las democracias latinoamericanas usando a estos jóvenes rabiosos que no representan el sentir global del país. (tema para otra editorial) Y así, de un día para otro, se trastornó la pacifica vida que llevaban los chilenos.

Mi pregunta ahora es ¿Por qué el Gobierno de Piñera no ha logrado controlar a este puñado jóvenes  a días de hacer efectivo el  Pacto de Paz firmado en el 2018 tras los disturbios?  Pacto que se materializará este domingo cuando los chilenos voten por seguir con la actual Constitución o hacer una nueva. Me pregunto habrá algo más que no sabemos los que vivimos lejos…

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