¡Auxilio! Tengo un hijo hiperactivo

“Tengo un hijo con TDAH… el que no sabe que es… significa HIPERACTIVIDAD y no control de impulsos… pero mi hijo es brillante como el solo. Hoy, en su hiperactividad, pude ver cómo las personas me miraban… juzgando y castigando… en sus adentros (‘la peor mama’, ‘¿qué onda el niño?’, ‘cómo lo crían’, etc)… y DUELE… duele mucho… porque, si bien no soy la MEJOR… tampoco creo ser la PEOR… he intentado dar todo por mis hijos… y me he equivocado mucho y seguiré haciéndolo… he hecho todo lo posible… pero cada vez que le dan sus arranques… o empuja o ‘pega’ a un niño… mi corazón se rompe al ver esas miradas crueles de desprecio… Estoy cansada… sin saber cómo lidiar con él…”  (Texto extraído de un muro de Facebook)

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Al leer el texto, se puede lograr visualizar, a simple vista, que esta madre está en el momento de negación, defensa, rechazo, desesperación y desestabilización ante la situación que está viviendo.

Lo cierto es que cuando somos padres, no vamos con un curso de capacitación bajo el brazo, sino que vamos con sueños y expectativas de cómo puede y debe ser esta experiencia, considerando los aprendizajes que nos han marcado a lo largo de nuestra vida.

Por lo mismo, la defensa que ponen los padres ante los trastornos que puede tener un hijo, que visiblemente sólo se muestran con situaciones que no logran controlar, son el comienzo de un duelo. El fin de los deseos internos donde los padres proyectan en sus hijos situaciones que no se logran concretar. Es el comienzo de la aceptación de que deben solicitar ayuda y entender que esta ayuda será necesaria durante un período largo, que requerirá de un presupuesto físico, moral y económico que no estaba en los planes familiares.

El primer paso que viven los padres es cuando comienzan a darse cuenta de que algo no está funcionando. La comparación, probablemente, se dará cuando el niño se integre a un jardín infantil y comiencen las señales de dificultad de relacionarse con el medio y la autoridad. Serán los profesores, los responsables de comenzar este proceso de identificación de qué no logra el niño integrar y/o desarrollar como sus pares.

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La primera pregunta, con buena autocrítica, que se deben hacer los padres es: ¿Es mi hijo un maleducado?.   Un niño entre los 4 y 8 años debe haber logrado adquirir destrezas y desarrollado cierta sensibilidad hacia los demás que le permitirán una personalidad equilibrada, formando su voluntad y desplegando capacidades.

Indicadores que pueden llevar a solicitar ayuda:

  • Pataletas, manejo de la voluntad y frustración.
  • Social: cómo se relacionan con sus primos, amigos y compañeros de curso, ¿presentan conflictos continuos?.
  • ¿Comparten sus juguetes, juegan como líderes, integrando a los demás o los rechazan, logrando ponerse en el lugar de otros?
  • ¿Cuida sus juguetes y los de los otros, aprende el significado de que ellos se deben ganar, que no se merece todo a cambio de nada?
  • Hábitos de alimentación: existen muestras de ansiedad, que nos indican que algo interno les sucede y que podrían mostrar que ellos se sienten diferentes a sus pares y no logran expresarlo.
  • Hábitos personales que los lleve a ser autónomos, vestirse solos, bañarse, lavarse las manos, los dientes, comer sin ensuciar, ordenar sus juguetes, sus ropas.
  • Planificación: ¿logran enmarcarse en el diario vivir de la familia, cumpliendo con sus deberes de acuerdo a su edad?.
  • Presentan conductas (como interrumpir, hacer garabatos, escupir, destruir juguetes) ya que no son capaces de esperar?.
  • ¿Faltan el respeto a adultos, mostrando impaciencia y falta de cariño?

La intuición de la madre, por lo general, es la que los lleva a la consulta y lo ideal es que lo haga lo más temprano posible.

La primera clasificación que se debe entender es que no todos los niños maduran a la misma velocidad, en el mismo momento y de la misma forma, por una maduración cerebral, dándose diferentes procesos intelectuales que son los procesos de desarrollo de la personalidad y los procesos desarrollados con la conducta.

Tenemos tres grupos:

  • Los que maduran según la norma: son los “buenos” alumnos, con buen rendimiento, empeñosos, desarrollan y utilizan estrategias para estudiar, tienen alta motivación, alegría y pasión, se adaptan y tienen tolerancia al stress (75% niños).
  • Los que se apartan de la norma: presentan una alteración en el desarrollo, ya sea por madurar más lento, tarde o distinto. Son los Trastornos del Desarrollo (20% niños).
  • Patologías del desarrollo: cuando el cerebro ha sido víctima de algún daño, en las primeras etapas del desarrollo, desde el período de gestación, hasta los dos primeros años de vida (5% niños).

Sub-grupos:

  • Síndrome de déficit atencional (hipo o hiper activo): falta de atención y concentración.
  • Trastornos específicos del desarrollo: maduran más lento en áreas específicas, como lenguaje, escritura, desarrollo motor, sueño y epilepsias primarias o benignas.
  • Trastornos de la comunicación: alteración en el desarrollo de las habilidades comunicativas, dificultades severas a menor grado, asperger, disfacias y autismo.

¿Qué sienten las madres que llegan a la consulta? Rechazo del medio, juicio, crítica, tanto por el medio social como familiar, cansancio de no entender qué pasa “si lo hago todo, pero el niño no hace caso, no obedece”, dolores internos, miedos, culpa y logran darse cuenta de que no cuentan con herramientas.

Un niño a los 6-7 años ya puede contar con un diagnóstico que, bien enfocado, debería provocar en los padres el entendimiento que su niño no es un maleducado. Esto los ayuda a enfrentar la situación sin culpas, rabias, miedos y baja la ansiedad que los niños perciben, inconscientemente, proveniente de sus padres. Y así comienzan a abrirse las puertas de las oportunidades para enfrentar la vida.

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Un niño con déficit atencional puede ser muy inteligente, por eso el apoyo a más temprana edad es relevante. Concretamente, lo que hay que trabajar en conjunto es: la atención, la motricidad y los impulsos.

El lenguaje puede ser muy rico, pueden hablar mucho, a muy temprana edad, por eso el desconcierto de los padres, cuando no son coherentes con los impulsos y conductas que los llevan a ser niños que llaman la atención, para el resto negativamente, ya que además no obedecen normas básicas de convivencia.

El apoyo debe ser tanto farmacéutico como psicológico. El farmacéutico, para ayudarlos a centrarse en sus deberes con mayor facilidad y en menos tiempo. Presentarán menos pataletas y lograrán canalizar estas energías en fines que se planifiquen en conjunto con un psicólogo.

No necesariamente es el niño quien va al psicólogo. Puede ser el adulto quién necesita aprender a estimular y motivar al niño con pautas que establecen rutinas de comportamiento que ellos deben seguir, con metas cortas, sin estructura sistematizada como cuánto tiempo debe estar sentado. Los tiempos de los niños son los marcadores de sus logros.

El ideal es que el colegio donde el niño se eduque cuente con apoyo para ellos, coordinación con los profesores, logrando que la adaptación al medio sea desde donde no se note que el niño no puede estar quieto, sino que es el encargado de entregar papeles o distribuir materiales, dándole un rol de compromiso y respeto con sus pares, sintiéndose desde esta forma adaptado al medio y considerado.

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En todo este proceso hay que establecer algunas reglas:

  • Padres seguros y funcionales: la seguridad de ellos es la autoestima de sus hijos.
  • Que el logro académico no este por sobre el logro afectivo: las metas son a corto plazo, con resultados que se pueden obtener, logrando felicidad y estabilidad, sentirse pleno y realizado.
  • No roturarlos: las conductas inapropiadas responden a no saber enfocar la atención en logros, sino en frustraciones, lo cual se puede aprender si no es innato y permanecer con estímulos en el tiempo.
  • No a la perfección y control: la corrección es desde el amor con un cuidado en el lenguaje constructivo.
  • Enfrentar juntos los miedos (el fracaso, la integración con sus pares) entendiendo que equivocarse es parte de aprender y de perseverar.
  • Darles responsabilidades: solicitar lo que se sabe que pueden hacer, estableciendo el logro como base y guía de trabajo diario.
  • No vivir del que dirán: aceptarlos como son, protegerlos de las energías negativas, entendiendo que en algunos períodos no todos los contextos son para ellos.
  • Reconocer sus logros: reforzar cada logro, en camino de desarrollo de la autoestima, proyectando en ellos que todo se puede hacer.
  • Que sientan la protección de sus padres: ser muy afectuosos y cuidadosos en el lenguaje, enseñándoles que son aceptados y comprendidos tal cual son.

El entorno social

El medio social debería de trabajar en tratarlos como niños que pueden enfrentar sus dificultades de distinta manera, sin etiquetarlos, ya que es el sistema el que debe ser menos rígido, menos monótono y menos competitivo.

Darle mayor énfasis a la creatividad, destacando más las cualidades y virtudes de las personas, donde todos somos únicos, donde todo es posible, donde hay oportunidades para creer en sí mismo. Buscar quienes somos y no quienes debemos ser para el sistema, permitiéndose ser diferente dentro de un sistema, sin ser ridiculizado, rechazado o estigmatizado, siendo la mejor versión de sí mismo.

Los niños son nuestros maestros, que pueden quebrar nuestros paradigmas, saliendo de nuestra rigidez, descubriendo a través de ellos el amor más maravilloso e incondicional.

Genios con déficit de atención: Walt Disney, Elvis Presley, Leonardo Da Vinci, Salvador Dalí y Bill Gate.

Por Carolina Campos

Psicóloga, Máster en Psico-coaching Coach (para Valorar Magazine)

Valor de la Nota: reflexionar, aprender, conocer, para poder entender esta problemática y manejarla de un modo positivo y proactivo, ya sea con nuestro propio hijo, si es el caso, o con el hijo de alguna persona cercana.

 

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